La trascendencia que tuvo el movimiento estudiantil de 1968 ha sido determinante en varios sentidos para la vida política nacional. Se ha dicho que el movimiento estudiantil puso de manifiesto la crisis social por la que atraviesa la sociedad mexicana; que fue el reflejo del mal reparto de la riqueza, consecuencia de la estrategia de desarrollo seguida por México; que inconscientemente las clases medias representadas por los estudiantes, protestaron por el cierre de oportunidades para integrarse a mejores medios de vida, ya que el título profesional dejó de ser una garantía para el ascenso en el status social y económico; incluso en algunos medios de comunicación se interpretó que fue un intento comunista para derrocar al gobierno o que pretendía sabotear la XIX Olimpiada, que se efectúo en México.
Todo lo dicho en torno al conflicto que sacudió en particular a la Ciudad de México del 23 de julio al 2 de octubre de 1968, configura una lección de la historia para no olvidar y que todavía debe ser escrita revisando con responsabilidad el papel que jugaron todos los actores involucrados, que con su acción sólo fueron capaces de crear las condiciones que desembocaron en la matanza del 2 de octubre en la Plaza de la Tres Culturas, en Tlatelolco.
El movimiento estudiantil de 1968 marca el inicio de una etapa en la vida de México y el principio de una nueva política de Estado que puso en marcha las reformas que nos han llevado a la flexibilización del autoritarismo del presidencialismo mexicano, a la construcción de la democracia y a la creación de instituciones públicas como el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y la participación ciudadana para garantizar la equidad en la disputa por el poder, por medio de elecciones y con ello, la credibilidad en la democracia que estamos construyendo.

El 2 de octubre pasado, recordamos el 46 aniversario de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, uno de los episodios más tristes y grises que México ha vivido en su historia como país libre e independiente. Este acontecimiento de nuestra historia moderna, que exhibe con claridad y dramatismo los excesos del viejo sistema presidencialista mexicano con la violenta represión que tuvo lugar en 1968, se da en un contexto histórico en donde el país se caracterizaba por tener un régimen político que a pesar de ser autoritario y antidemocrático contaba con amplios márgenes de consenso social sobre todo en el campo.
A diez días de que México inaugurará los XIX Juegos Olímpicos, irónicamente en el marco de las olimpiadas que celebran la hermandad entre los individuos y las naciones, a través de la sana competencia, abierta y de frente, nuestro país escribió para la posteridad, un capítulo vergonzante, sanguinario y desgarrador, que en palabras de Daniel Cosío Villegas, sería una mancha indeleble para la historia del país, que sería recordada cien años después, marcando para siempre la vida de los mexicanos. En una clara muestra de autoritarismo y violando todos los derechos elementales y las garantías individuales de los ciudadanos como son el derecho a manifestarse, la libertad de expresión y el libre tránsito, las autoridades del gobierno federal con el fin de disolver la manifestación, terminó asesinando, hiriendo, deteniendo y desapareciendo a un número indeterminado de estudiantes, que realizaban una protesta en la legendaria plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.
Aun duele recordarlo, sin ser de su generación,como mexicanos hay un dolor profundo y como sociedad un una herida sin sanar.
irónicamente podríamos pensar que estamos en un contexto parecido? se esta presentando una situación similar?

Nuestro país quiere paz, no quiere fechas para conmemorar trágicos acontecimientos como el tristemente célebre 2 de octubre de 1968, donde murió gente joven que buscaba ser libre de pensamiento y de acción.

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